TRANSAHAREANDO, SUR DE MAURITANIA


Había quedado con W, el alemán para salir a las seis de la mañana rumbo a Senegal.
Una suma de factores hizo que justo en el momento en que éste llamaba a mi puerta se desatara en mí una fuerte y poderosa ciclogénesis explosiva gastrointestinal. La única de todo el viaje. En el momento más inoportuno desde luego. Los preparativos de esta incómoda indisposición y la imaginación obsesionada con pechos que no caben dentro de sus sujetadores me han impedido dormir ni un solo minuto en toda la noche.
 No es una buena carta de presentación para alguien que no te conoce de nada el retrasarse –además siendo alemán ¡glup!- casi media hora y encima poner de excusa una intensa cagalera.
 No es agradable.
 W. aceptó de buen rollo el retraso y sus porqués y me pasó de fumar.
 En ese momento empezó a caerme bien y yo me lo tomé como una purga justo en momento en el que mi viaje parecía que iba a comenzar de verdad.
 A partir de aquí yo ya no conocía nada y esto me resultaba especialmente excitante, pese a mi deplorable estado físico estaba casi eufórico. 
 Puse en marcha el traqueteante motor mercedes de más de treinta años, y en la oscuridad, dejamos atrás las mortecinas calles desiertas de Nouakchott.
¿Qué se puede contar sobre el sur de Mauritania si uno lo atraviesa como una flecha en pocas horas?
 Cuentan los viajeros que a partir de aquí el Sahara termina, o más bien se hace más verde.
 Los que estéis en casa y nunca lo hayáis visto, no os dejéis engañar por esta expresión. En el adjetivo verde que nadie se imagine un prado, o paisajes de hierba, ni mucho menos árboles o algo parecido.
 Al sur de Nouakchott, entre la penumbra del alba, lo único que se ve es como unos inmensos solares con algunos hierbajos verdes, pequeños e insignificantes matojos, pero que comparada con la extrema aridez de la parte central del desierto ya recorrido, hacen que esta poca vegetación resalte en comparación. El paisaje me recuerda  a los solares con maleza que quedan en nuestras ciudades entre el derribo de una finca vieja y la construcción de la nueva.
 Eso hasta que sale el sol.
 Porque uno enseguida se da cuenta que el sol es africano. Grande, potente, implacable, diferente. Y eso que cuenta toda la peña sobre la luz especial de África y sus colores y toda la pesca… pues es verdad, es bastante más, incluso, de lo que me siento capaz de describir.
 Y en lo que a mí me parece casi de repente, en el sur del sur de Mauritania todo cambia.
 Esta vez son árboles de verdad. Cubren todo el paisaje hasta donde llega la vista. Acacias espinosas y robustas incrustadas en suelo arenoso sin nada más. Imagínese el desierto de dunas de arena pero lleno, completamente lleno de árboles del tamaño de nuestras encinas, sin ningún otro tipo de vegetación, todo ello tamizado de color tierra, amarillo, naranja, por el polvo en suspensión que el sol logra con su potencia atravesar.
 El ayuno y purificación involuntarios, el traqueteo de la camioneta que conduzco ya desde hace varias horas con todo el sol pegándome en el careto, el no haber dormido, el intenso calor, el humo flotando de dentro de la cabina, el sublime paisaje que me rodea,  hacen que me sienta flotando un poquito por encima de mi asiento y a la furgoneta flotando un poquito por encima del asfalto.
 No está mal llevar una propia amortiguación interior.
 Y encima los colores son aún más bonitos.
 Vemos algunas chozas, mujeres de pañuelos ondulantes al viento y niños mocosos en brazos, creo que gente negra de habla pular, parece como que se hayan acercado a la carretera huyendo de la sequía pertinaz de las últimas décadas, agrupándose en barracas y chozas.
 Y a veces pasan cosas que le muestran a uno cuán ignorante es, pues hay situaciones en las que uno debe actuar completamente  al contrario depende de donde se esté. Una de las ventajas de viajar es que de vez en cuando el mundo que creemos conocer se pone patas para arriba, obligando a hacer malabares y equilibrios para seguir en él de una manera más o menos digna:
 Para no deshidratarme, ya sabemos que hay que llevar cuidado cuando uno lleva de compañeros de camino calor y cagaleras, intento beber bastante. Cuando acabo mi primera botella de litro y medio la estrujo, la arrugo sobre sí misma para que no vaya rodando por dentro de la cabina.
 En ese mismo momento W. mi copiloto, y ya amigo alemán, da un buen respingo en su asiento:
-¡No!, ¡no!, ¡Qué haces, esto es África!
 Me coge la botella arrugada de mis sorprendidas manos, en ese momento ya sé que va a hacer, tonto de mí, si yo esta lección ya la tenía aprendida del interior del sur de Marruecos, donde entre los erjales hay quien hasta las repara, poniéndoles una espina de palmera y un trocito de cinta aislante a cada nuevo agujerito que aparece.
 Sopla en el interior de la botella devolviéndole su aspecto original, le pone el tapón y la lanza por la ventanilla.
 -Aquí y en toda África estas botellas tiene valor, cuando alguien la encuentre al borde del asfalto no cabe duda de que la utilizará, e incluso cuando alguien no tenga nada podrá reunir unas cuantas y venderlas por un poquito de dinero.
-Sí, perdona W., lo peor de todo es que además ya lo sabía…
 En Europa las arrugamos y esperamos que haya un cubo de basura donde echarlas; aquí es justo al contrario, no se rompen y se echan a las cunetas preferentemente donde más gente haya.
 Da un placer inesperado el ir lanzándolas alegremente por la ventanilla sabiendo además que haces el bien. Como una glorificación de la bondad de la guarrería.
 Reciclaje de manera directa.
 Algunos días después se acercó un chico a nuestra ventanilla a pedirnos algo, un regalo, dinero, lo que fuera. Se fue conforme y satisfecho cuando mi compañero le dio una botella vacía de plástico que andaba rodando por la cabina. Y en las fronteras, que es dónde los chavales son más pedigüeños es habitual que te pidan las botellas de agua que vean al asomarse, piden las botellas, no agua, pues al decirles que aún queda agua no insisten. No insisten con la botella pero pasan a pedirte otra cosa cualquiera.
  Ya tenía yo ganas de sentirme como un novato, un aprendiz, un bebé, es más, lo necesitaba.
 Chaval, baja tus humos y aprende, pardillo.
 W. residiendo en África y viajando por ella durante más de veinte años se revelaría el maestro perfecto.





2 comentarios:

ale de viajar cueste lo que cueste dijo...

buen post y que mejor comienzo de conocer a tu compañero de viaje W...que supo ser tolerante con la media hora de retraso, en momentos limites como una descompostura que te esperen fuera del baño aunque suene escatologico, es un acto sagrado de compañerismo.- un saludo viajero alejandra de viajar cueste lo que cueste.-

Unknown dijo...

Gracias ale!! me gusta lo del acto sagrado en esas circustancias, un abrazo